Se puede decir que aproximadamente el 60% de nuestro cuerpo es agua. Esta proporción va disminuyendo a lo largo de la vida de forma que en los recién nacidos el 80% es agua y en los ancianos el contenido de agua sólo llega al 55%. Por ello, se ha dicho que el proceso de envejecimiento es un proceso de deshidratación. El agua es imprescindible para la vida y se produce la muerte por deshidratación mucho antes que la muerte por ayuno en caso de que falten agua o comida.
La cantidad de agua que el cuerpo requiere diariamente es de unos 2 a 3 litros al día, dependiendo de las condiciones de temperatura, humedad, etc... Esta cantidad es precisa para mantener una diuresis (eliminación de orina) de un litro y medio al día. Cuando la diuresis es escasa, entonces la orina está muy concentrada y se facilita la formación de cálculos renales.
En caso de sudoración excesiva (por ejemplo, por deporte intenso) o calor intenso y de pérdidas por vómitos o diarreas las necesidades de agua son mayores y si no se cubren puede producirse deshidratación. El agua necesaria la ingerimos mediante los alimentos (que contienen agua en su composición, principalmente las frutas que tienen un 70% de agua) y las bebidas, pero no hay que olvidar que el agua es la bebida por excelencia.
Otras bebidas como el café o té contienen sustancias estimulantes, que pueden resultar adecuadas o no dependiendo del momento y de la persona que las ingiera.
Es de destacar que la cafeína es un estimulante del metabolismo, y esta es la razón por la cual algunas personas han de evitarla. Los refrescos edulcorados contienen un aporte calórico extra importante, a base de azúcares solubles que conviene tener en cuenta (excepto las bebidas light, y la gaseosa que contienen edulcorantes artificiales).